
Tres mesecitos… y parece que fue ayer cuando llegamos. Con los nervios a flor de piel y con una maleta en cada mano (más el abrigo para ahorrar kilos) llegamos a Irlanda. La aventura comenzaba sin tener apenas ni idea del “inglish pitinglish”. Ya se sabe, la “spanish people” no es muy versada en los idiomas. Cogimos el autobús rojo chillón y tras unas tres horas que no se hicieran tan pesadas, llegamos a Athlone. Pareciendo tontas y un poco extrañas para el resto de habitantes, nos pusimos las chaquetas. Era septiembre y el cambio climático de España-Irlanda era relevante. Una vez hubieron venido por nosotros, llegamos a la residencia, donde la “manager” nos soltó un rollo de aúpa, y nosotras, pobres ignorantes, asentíamos una vez sí otra también.
Tras cenar comida china con extra de picante, nos fuimos a la cama a dormir. Cual fue la sorpresa al levantar el colchón y encontrarnos con unas cuantas arañas… Al día siguiente, viendo el piso con detenimiento, pudimos comprobar que era muy normal encontrarse arañas y más arañas repartidas a lo largo de la casa. De hecho, adoptamos a una con el nombre de Tommy.
Tan sólo han pasado tres meses desde el primer día y a pesar de las ganas de volverse para España, muchos son los momentos que me llevo conmigo: esas compras en el Tesco (marca Tesco Value, of course); las conversaciones tumbadas en el sofá cerveza en mano; las invenciones culinarias y aquella coca de chocolate que se quedó en el intento; el día sin enchufes y el posterior “arramblamiento” de la electricidad de la escalera; los platos de espaguetis a las 4 de la mañana; los intentos de aprender inglés cantando (quedó como pendiente la canción de Armageddon); esas descargas Pando que nunca llegaron; los bichejitos y limis que paseaban tan campantes por el salón; nuestro querido cubo de basura “Rubbish”; la sal que no sala; los suéters “barrigueros” tras pasar la prueba de 40º en la lavadora; las ventanas sin persianas y esa luz cegadora a las 8 de la mañana; las tardes de confesiones; las visitas al Shark para hacerse una Guiness; las horas de “perrerismo” tumbadas en el colchón viendo “la fea”; las horas de frikismo en el comedor… Y puesto que más de una confesión y alguna que otra lagrimilla hemos compartido, y sobre todo, las risas que nos hemos echado, os merecíais una pequeña entrada en el blog.